Tras el final de la Guerra Civil China,
el Gobierno de la nueva República Popular, bajo la dirección del Partido
Comunista de China, comenzó a aplicar una serie de reformas económicas de
carácter socialista, tales como la nacionalización de las empresas privadas y la
colectivización de la agricultura. Los dirigentes chinos apostaron en un primer
momento por el modelo soviético de desarrollo, apoyado en un pacto de
cooperación económica con la Unión
Soviética, que se reflejaría en el Primer Plan Quinquenal, de marcada
influencia soviética, y que se desarrolló entre los años 1953 y 1957.
Tras el Primer Plan Quinquenal, el líder chino Mao Zedong decidió alejarse
del modelo soviético y apostar por una movilización masiva de la población con
el objetivo de elevar el desarrollo industrial de China hasta los niveles de los
países más industrializados. Las medidas económicas alentadas por el presidente
Mao en el marco de esta campaña, que sería conocida como el Gran Salto Adelante,
resultarían un fracaso y en 1958 los dirigentes comunistas chinos empezaron a
dar marcha atrás, paralizando y revirtiendo las políticas adoptadas en este
periodo. Al mismo tiempo que las políticas económicas del Gran Salto eran
abandonadas, las relaciones entre China y su otrora aliado soviético derivaron
en un conflicto
abierto, que dejó al régimen chino aun más aislado en la esfera
internacional. Las políticas económicas pasarían a un segundo plano debido al
intenso conflicto ideológico en el seno del Partido, que se manifestaría en la
Gran Revolución
Cultural Proletaria, periodo durante el cual muchos líderes del Partido
fueron apartados del poder.
Tras la muerte de Mao y el encarcelamiento de la Banda de los Cuatro,
el grupo de seguidores de Mao a quienes se atribuyó toda la responsabilidad de
los errores de la Revolución Cultural, el dirigente histórico del Partido Deng
Xiaoping acabaría haciéndose con el poder e impulsando una serie de reformas
económicas que supusieron el abandono de muchas de las políticas de
nacionalización y colectivización que habían caracterizado la época maoísta.
Aunque el Estado conservaba su función planificadora, bajo la dirección del
Partido Comunista, se comenzó a fomentar la creación de empresas privadas, a la
vez que se alentaba la entrada de capital extranjero, necesario para financiar
el desarrollo de infraestructuras y de una base industrial que en ese momento,
finales de los años 70, era aún muy
pobre.
A partir de 1979 se aceleraron las reformas económicas de tipo capitalista,
aunque manteniendo la retórica de estilo comunista. El sistema de comunas fue
desmantelado progresivamente y los campesinos empezaron a tener más libertad
para administrar las tierras que cultivaban y vender sus productos en los
mercados. Al mismo tiempo, la economía china se abría al exterior.
Las reformas económicas contribuyeron a un crecimiento económico muy intenso
a lo largo de los años 80. Tras la
intervención del Ejército en las protestas
de la Plaza de Tian'anmen de 1989, las sanciones internacionales y la
incertidumbre sobre la situación política del país frenaron de manera drástica
el crecimiento económico. Sin embargo, a partir de 1992, Deng Xiaoping dio el
respaldo definitivo a las reformas económicas, con su famosa inspección del
sur, el viaje en el que visitó las zonas de mayor crecimiento económico del
delta del Río de las Perlas
y de Shanghai. Tras la confirmación de que la política económica mantenía la
orientación reformista y de apertura de los mercados chinos al exterior, la
economía alcanzó tasas de crecimiento económico sin precedentes. En ese año de
1992 el crecimiento del producto interior bruto alcanzó el 14,2% manteniéndose
en torno al 10% durante los años siguientes, hasta la actualidad[1].
Las reformas en la política económica auspiciada desde el gobierno, para
fomentar la inversión extranjera, determinó la creación de zonas económicas
especiales en la zona costera, donde se concentró el desarrollo industrial
proveyendo el Estado grandes inversiones en instalaciones, servicios públicos y
creando centros habitacionales para trabajadores, convirtiendo a China en la
mayor potencia manufacturera del mundo, sobre todo en el sector de la producción
de electrodomésticos y textiles debido al bajo coste de la mano de obra, cuyo
salario en las regiones industriales ronda los 70 euros mensuales. De hecho, se
calcula que aproximadamente un 25% de todos los bienes manufacturados del mundo
se produce en China.
Un factor determinante en el desarrollo ha sido el trato
de nación más
favorecida en los tratados
comerciales entre China y Estados
Unidos de América, los cuales permiten el ingreso de las manufacturas chinas a través
de las aduanas
como si estas fueran fabricadas en territorio norteamericano.
Desde 2004 la Unión Europea (UE) es
el principal socio comercial de China, quien a su vez es segundo socio comercial
de la organización europea (Ver: República
Popular China y la UE).
El proceso de apertura iniciado en la costa ha permitido a las regiones
costeras un despegue económico vertiginoso con tasas medias de crecimiento
superiores al 10%. Las regiones interiores, no obstante, han experimentado un
despegue económico más moderado, con tasas de crecimiento en torno al 7%. Este
despegue a dos marchas ha abierto una brecha entre la costa y el interior.
En enero de 2006, el Departamento Nacional de Estadística revisó al alza el
valor total del producto interior bruto del país[2],
que habría sido subestimado en estadísticas anteriores. Debido a esa revisión
estadística, la República Popular China (sin incluir a Hong Kong ni a Macao)
adelantó a Italia
en la clasificación de países por volumen de su producto interior bruto y, una
vez contabilizado el propio crecimiento del año 2005 de un 10,1%, la economía
china rebasó a las de Francia y el Reino
Unido convirtiéndose en la cuarta del mundo con un producto interior bruto
total de 2.228.862.000.000 dólares estadounidenses[3].
En el segundo cuatrimestre de 2006 se anunció una tasa de crecimiento interanual
del 11,3%, la más alta desde 1994 [4].
El 16 de marzo de 2007, la Asamblea Nacional Popular
de China reconoció por primera vez la propiedad privada mediante una ley,
ampliamente debatida durante 13 años. La medida no afectó, sin embargo, al campo
y las tierras de cultivo, de propiedad colectiva y cedidas en usufructo por el
Estado a los campesinos [5]